Mientras tanto en Polonia (además de la Eurocopa) …
Construcción de la estatua de Cristo Rey en Swiebodzin, Polonia. Fotografía de Tomasz Stafiniak, tomada del reportaje de Domus a la séptima Bienal de Arte Contemporáneo de Berlín.

Mientras tanto en Polonia (además de la Eurocopa) …

Construcción de la estatua de Cristo Rey en Swiebodzin, Polonia. Fotografía de Tomasz Stafiniak, tomada del reportaje de Domus a la séptima Bienal de Arte Contemporáneo de Berlín.

La memorialización urbana de las Islas Malvinas en Argentina.

A propósito del aniversario de los treinta años del comienzo de la guerra.

Monumento a los caídos, Plaza San Martín, Retiro, Buenos Aires.

Estadio Islas Malvinas, Floresta, Buenos Aires.

Estadio Malvinas Argentinas, Mendoza.

Monumento Islas Malvinas Argentinas, Ushuaia.

Monumento a los Héroes de las Malvinas, Río Gallegos

Monumento a los Caídos de las Malvinas, Comodoro Rivadavia

Adecuándose a los tiempos. Sofía (Bulgaria)
Intervención anónima sobre monumento al Ejército Rojo Soviético. Superman, Ronald McDonald, El Guasón y Robin van a la batalla contemporánea en la Bulgaria post-comunismo.
Tomado desde Pop Up City.

Adecuándose a los tiempos. Sofía (Bulgaria)

Intervención anónima sobre monumento al Ejército Rojo Soviético. Superman, Ronald McDonald, El Guasón y Robin van a la batalla contemporánea en la Bulgaria post-comunismo.

Tomado desde Pop Up City.

Pyongyang Style

Steve Gong (2011) 

Ojo con algunas escenas del monumento a Kim Il Sung y al shopping center-memorial en su honor. 

Acá un link a otras postales urbanas de Pyongyang, esta vez una novela gráfica sobre los hombres grises que sostienen la propaganda y las perversas ambiciones de poder. 

Borrar un rostro: revancha, legitimación y amnesia
A mediados de Abril un tribunal de El Cairo ordenó que cualquier imagen o referencia al recientemente depuesto Hosni Mubarak o a su mujer Suzanne fueran eliminadas de los espacios públicos. Esto incluía cambiar nombres a plazas, escuelas, calles, estadios y bibliotecas, así como remover cuadros, afiches y monumentos. 
En una crónica aparecida hace algunos días en un diario norteamericano, la historiadora Sarah E. Bond se preguntaba por la función social de borrar el pasado del presente. En el Egipto Clásico el nombre cargaba el poder de la persona, por lo que una autoridad podía buscar legitimarse a sí mismo borrando la presencia de su contrapeso político o teológico, tal como ocurrió con Akhenatón cuando ordenó borrar de todos los monumentos el nombre de Anón. Lo mismo ocurrío en alguna época del Imperio Romano, donde, a través del decreto damnatio memoriae se autorizaba a borrar inscripciones en los edificios, destruir los rostros de las estatuas, pintar encima de los frescos, tachar las caras de las monedas, destruir los escritos del denostado y anular sus testamentos. El castigo era peor que la muerte: destinar a alguien al olvido eterno.
Hoy día en Egipto, Mubarak y su mujer siguen vivos, con una proporción no despreciable de simpatizantes. El tribunal de justicia, antes que promover la libertad de los ciudadanos, los obliga a tomar una determinación. Como dice Bond, permitir hacerlo es distinto a obligar a hacerlo. Más allá de la intolerancia y la falta de respeto a los derechos y garantías durante el régimen de Mubarak, la determinación sólo hace que el hábitat construido deje de hablar sobre quién fue este personaje, sin tomar en cuenta que borrarlo de lo público significa promover la amnesia inter-generacional en torno a su figura. ¿No sería mejor que convivieran distintas capas de sentido, a través de las cuales se mantuviera la memoria sobre un régimen deleznable? ¿No sirve más para el futuro preservar aquello que nos recuerda el horror?

Borrar un rostro: revancha, legitimación y amnesia

A mediados de Abril un tribunal de El Cairo ordenó que cualquier imagen o referencia al recientemente depuesto Hosni Mubarak o a su mujer Suzanne fueran eliminadas de los espacios públicos. Esto incluía cambiar nombres a plazas, escuelas, calles, estadios y bibliotecas, así como remover cuadros, afiches y monumentos. 

En una crónica aparecida hace algunos días en un diario norteamericano, la historiadora Sarah E. Bond se preguntaba por la función social de borrar el pasado del presente. En el Egipto Clásico el nombre cargaba el poder de la persona, por lo que una autoridad podía buscar legitimarse a sí mismo borrando la presencia de su contrapeso político o teológico, tal como ocurrió con Akhenatón cuando ordenó borrar de todos los monumentos el nombre de Anón. Lo mismo ocurrío en alguna época del Imperio Romano, donde, a través del decreto damnatio memoriae se autorizaba a borrar inscripciones en los edificios, destruir los rostros de las estatuas, pintar encima de los frescos, tachar las caras de las monedas, destruir los escritos del denostado y anular sus testamentos. El castigo era peor que la muerte: destinar a alguien al olvido eterno.

Hoy día en Egipto, Mubarak y su mujer siguen vivos, con una proporción no despreciable de simpatizantes. El tribunal de justicia, antes que promover la libertad de los ciudadanos, los obliga a tomar una determinación. Como dice Bond, permitir hacerlo es distinto a obligar a hacerlo. Más allá de la intolerancia y la falta de respeto a los derechos y garantías durante el régimen de Mubarak, la determinación sólo hace que el hábitat construido deje de hablar sobre quién fue este personaje, sin tomar en cuenta que borrarlo de lo público significa promover la amnesia inter-generacional en torno a su figura. ¿No sería mejor que convivieran distintas capas de sentido, a través de las cuales se mantuviera la memoria sobre un régimen deleznable? ¿No sirve más para el futuro preservar aquello que nos recuerda el horror?